El Cuartel del Conde Duque, uno de los edificios más amplios del casco urbano de Madrid con tres siglos de historia, posee un taller que aloja un conjunto de máquinas veteranas, hierro, latón y plomo, que muy pocas personas saben ya manejar. Sin embargo, un equipo de hasta 45 operarios, impresores y encuadernadores en su mayoría, labora a diario entre ellas bajo la dirección de José Bonifacio Bermejo, director de la Imprenta Artesanal. Este segoviano destaca por mantener una ecuación armoniosa entre sus conocimientos y las enseñanzas que imparte, precisamente o no en una cátedra: «Nuestra labor primordial consiste en preservar el saber secular de unas técnicas de impresión y encuadernación que, durante cinco siglos, han sido el soporte de nuestra cultura, más el de un formato, el del libro, que a lo largo de entre 15 y 18 centurias ha sido el principal vehículo de difusión del conocimiento y del saber». Su entusiasmo no está reñida por el frenesí digital, se requiere mucha ilusión y amor por una secuencia de oficios y tradiciones, digna de transmitir a las futuras generaciones. Y como bien explica el director de la imprenta: «Los científicos señalan que la duración asegurada de la información almacenada en un DVD es de 75 años, mientras que, durante siglos, generaciones enteras de archiveros han estado atesorando libros, cuya vida puede prolongarse durante un milenio o más [...] ¿Vamos pues a olvidar un saber que tantos frutos nos ha procurado a lo largo de la historia?». Me vienen al recuerdo algunas de las palabras del ex-ministro de Cultura, César Antonio Molina, cuando destacó que no se puede olvidar que «en los legajos, papeles, imágenes u otros objetos está la voz y la respiración de seres humanos», a finales del pasado noviembre en el acto de inauguración del I Encuentro Internacional de Centros de Memoria Histórica en Salamanca.
Véase: “Preservamos un saber de siglos”. Publicado el 24 de marzo de 2009. En el diario: EL PAÍS.